El acceso a la información con la que contamos hoy, ¿te asombra o te abruma? O más bien, ¿será una combinación de las dos? Seamos honestos, como puede correr información realmente útil en las redes, también estamos expuestos a comunicaciones tendenciosas, distorsionadas y/o irrelevantes. Más aun, las personas suelen compartir cualquier tipo de información, ya sea por convicción, alegría, miedo, aburrimiento o simplemente para hacerse presentes. Es así como diariamente recibimos decenas, si no es que centenares de notificaciones sobre la última expresión de cualquier familiar, amigo, conocido e incluso desconocido.

¿Lo podemos evitar? Sería como nadar contracorriente, sin embargo, nuestra capacidad de discernimiento tiene que agudizarse cada vez más para no quedar inmersos y perdidos en el exceso de información. Cualquier objeto, idea o invitación que nos quieran exponer o vender, necesita poseer un gran impacto para así destacarse de entre millares de elementos a los cuales nos exponen de instante a instante. La idea es acaparar nuestra atención en el mínimo de tiempo posible y asegurarse de que se quede ahí, en lo siguiente relacionado para ofrecernos (simplemente nota cómo en el instante que terminas de ver un video desde Facebook el siguiente ya está corriendo).


La pregunta es: ¿Necesitamos saberlo todo?

La mente posee un mecanismo natural que en cuanto se satura, bloquea cierta información para no colapsar. Ejemplos de esto lo podemos vivir cuándo dejamos de sentir algún dolor físico hasta después de haber resuelto alguna situación de emergencia o envergadura, o bien, cuando hemos pasado demasiadas horas atendiendo una lección o conferencia hasta sentir que ya no podemos ingresar más a nuestra mente, o en otras palabras, “ya no carburamos”.

Tal mecanismo nos protege, sin embargo, con el aumento veloz de flujo informático a todas horas, tendemos a anularlo, ya sea porque perseguimos algún objetivo o por mera curiosidad. En cualquier caso, el resultado es el mismo: nos hemos perdido de nosotros mismos, al menos, temporalmente. ¿Cómo regresar? ¿Cómo reencontrarnos?

El hombre primitivo no tenía mucho problema con eso ya que tenia muy claro lo que le tocaba hacer en relación a él mismo y a su entorno: si se acababan las provisiones, había que salir a cazar o recolectar; si el sol se ocultaba era indicio de descansar. Había una sincronía con el universo y consigo mismo. Tal contacto experiencial y directo le permitía idear soluciones creativas y precisas para atender exigencias de vida.

Aunque con el tiempo el hombre siguió desarrollando tecnología para apoyar su bien vivir, en muchos casos lo ha hecho en detrimento de la naturaleza, y en lo que respecta a la información, en detrimento de su propia naturaleza. Necesitamos sistemáticamente retornar a nuestro mundo sensorial para que a través de nuestro cuerpo captemos experiencias reales, en momento presente. Esto permite que nuestra propia creatividad fluya y que seamos capaces de formular soluciones más humanas.

Pero no lo está perdido todo. Visto desde el lado positivo, la facilidad de comunicación a nivel global nos permite no sólo extraer información, bien escogida, para apoyar nuestros proyectos creativos, sino de “tocar” a más personas que están listas para recibir nuestras propuestas. Sin embargo, para que estas no se desvíen por habernos “enganchado” con alguna ideología atractiva flotando por ahí, necesitamos consistentemente retornar a nosotros, no precisamente en idea, sino en cuerpo, en intuición, en nuestras sensaciones más primitivas: esas no mienten.

Regresando a la pregunta anterior: ¿Necesitamos saberlo todo? Absolutamente no. Afortunadamente, podemos acceder a cualquier información cuándo nosotros lo decidamos. Lo que sí es menester procurar, ahora más que nunca, son las experiencias humanas: el buen comer, la buena compañía, el buen descanso y ante todo, alguna actividad cotidiana que nos induzca a mirarnos.

- Por Miriam Hamiu / miriamyoga.com

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