Hace pocos meses decidí no poner música en mis clases de yoga. No advertí a mis alumnos, solo lo hice… Al cabo de 3 sesiones, hubieron quienes protestaron, mientras otros exclamaron: ¡Ay, ni siquiera me di cuenta que no había música!

Estas respuestas indicaron dos tendencias en el grupo: quienes requerían del estímulo auditivo externo para apaciguar la vorágine de sus mentes y quienes simplemente se sumergieron en su práctica al grado de no percatarse de lo que sucedía allá afuera.

La realidad es que en algún momento u otro, todos caemos en cualquiera de las dos tendencias, según el estado mental latente antes de abordar la práctica y su desenvolvimiento durante ella. Aquí está la parte interesante: el yoga nos obliga a mirar hacia adentro, de lo contrario, no encontraríamos equilibrio en nuestras posturas, coordinación en nuestra respiración o la quietud necesaria para sólo sentarnos. Tampoco seríamos capaces de observar preceptos yógicos que expanden la conciencia de nosotros mismos. Si al mirarte mientras practicas experimentas un ruido permanente, no te sientas mal, al contrario, se está revelando ante ti, tu propia naturaleza humana.

- ¿Qué te dice? ¿Cómo te hace sentir? ¿Realmente la toleras? -

Esta última pregunta es clave por su carácter profundo. Todos añoramos el silencio y la quietud, ya que es la única forma en que la mente puede reposar para volver a mirar el mundo con mayor claridad, ¿no es así? En muchas ocasiones (yo diría que en la mayoría) puede resultar abrumante el sólo sentarse en silencio; el impulso de hacer o provocar algo sigue latente, hay que llenar el espacio de actividad, de lo contrario sentimos que perdemos nuestra autonomía, nuestro protagonismo… ¿Por qué nos aferramos tanto a esto último? La respuesta es identidad: nuestro ego siempre busca definirse, saberse que existe, y para ello, la acción es su mejor instrumento. ¿Pero qué pasa si por unos minutos nos soltamos de dicha identidad y nos posicionamos en un lugar dónde sólo atestiguamos? Es ahí dónde nos topamos con aquello que rebasa nuestro control, pero si somos lo suficientemente pacientes para dejarlo ser, entonces es cuándo empezamos a descubrirnos a nosotros mismos, más allá de lo que pensábamos que éramos…

La tolerancia crea convivencia, y qué mejor qué cultivarla hacia nosotros mismos. El yoga, si en principio nos confronta con nuestras tendencias, también nos invita a transformar nuestra mirada hacia ellas. Es como abrirse a que los cambios inevitables sucedan en nosotros, a que se desenvuelva nuestra potencialidad. ¿Por qué obstruir el proceso con distractores externos?

Música podrá haber en mis clases o no, pero mis alumnos ahora entienden que su proceso interno no depende de ella, sino de su disposición a acompañarse en su propio sonido, revoltoso o no, pero siempre parte de un silencio interno subyacente.