Sí, hemos aprendido de nuestros maestros. Nuestros padres fueron los primeros. En la escuela tuvimos otros que nos marcaron, para bien o para mal. Cuándo alcanzamos la adolescencia (que por cierto, esta no contempla ninguna edad especifica), comenzamos a retar lo que se nos había planteado como certero. ¡Bendita adolescencia!

Pero en nuestra adultez (lo que sea que eso signifique), ahora aparentemente independientes y dueños de nuestra vida, volvimos a buscar en qué aferrarnos, llámese ideología, religión, institución, sistema, etc. Otros líderes pasaron a ser nuestros guías, directa o indirectamente; una mera sustitución de nuestros primeros mentores.

¿Por qué tendemos a hacerlo? ¿por miedo? ¿inseguridad?

Yo te lo diré: porque aun no te has validado.

Sí. Debajo de tu vulnerabilidad existe un Ser maravilloso, un reflejo de Dios o algo más grande. Es esa vulnerabilidad la que te incita a mirarte, a entenderte más, pero hay que darle la bienvenida, en lugar de rechazarla, de recriminarla.

Si te has topado con dicha vulnerabilidad y te ha movido, te ha sacudido, ¡bienvenido(a) a tu segunda adolescencia! Esta es la verdadera y la más bella, ¡y es para siempre!

Cuestiónate, indaga sobre lo que ha pasado hasta ahora en tu vida, has tus hipótesis y ponlas a experimentación, y si no funcionan, ¡corrige e intenta de nuevo! Permite que los objetos y las circunstancias te informen. Si ya te encuentras dentro de esta contienda solitaria es porque tu gurú, o sea tú mismo, te está mostrando el camino.

Dialoga con él, encuentra tus propios métodos, pero eso sí, nunca permitas que alguien o algo más lo sustituya. ¡Eso sería un crimen!

- Miriam Hamui


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